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Queridos
hermanos y hermanas:
¡Gracias por
vuestra acogida! Os saludo a todos con gran
afecto. […] Tengo la alegría de acoger a la
gran peregrinación europea de monaguillos.
Queridos muchachos y jóvenes, ¡bienvenidos!
[…]
Hace
más de 70 años, en 1935, comencé a ser
monaguillo; por tanto, he recorrido un largo
itinerario por este camino.
[…]
A vosotros, queridos monaguillos, quiero
ofreceros, brevemente, dado que hace calor,
un mensaje que os acompañe en vuestra vida y
en vuestro servicio a la Iglesia. […] Quizá
algunos de vosotros sepáis que en las
audiencias generales de los miércoles estoy
presentando las figuras de los Apóstoles: en
primer lugar, Simón, al que el Señor dio el
nombre de Pedro; su hermano Andrés; luego
otros dos hermanos, Santiago, llamado "el
Mayor", primer mártir entre los Apóstoles, y
Juan, el teólogo, el evangelista; por
último, Santiago, llamado "el Menor".
Hoy
reflexionamos sobre un tema común: ¿qué tipo
de personas eran los Apóstoles? En pocas
palabras, podríamos decir que eran "amigos"
de Jesús. Él mismo los llamó así en la
última Cena, diciéndoles: "Ya no os llamo
siervos, sino amigos" (Jn 15, 15). Fueron, y
pudieron ser, apóstoles y testigos de Cristo
porque eran sus amigos, porque lo conocían a
partir de la amistad, porque estaban cerca
de él. Estaban unidos con un vínculo de amor
vivificado por el Espíritu Santo.
Desde
esta perspectiva podemos entender el tema de
vuestra peregrinación: "Spiritus vivificat".
El Espíritu,
el Espíritu Santo, es quien vivifica. Es él
quien vivifica vuestra relación con Jesús,
de modo que no sea sólo exterior: "sabemos
que existió y que está presente en el
Sacramento", pero la transforma en una
relación íntima, profunda, de amistad
realmente personal, capaz de dar sentido a
la vida de cada uno de vosotros. Y puesto
que lo conocéis, y lo conocéis en la
amistad, podréis dar testimonio de él y
llevarlo a las demás personas.
Hoy, al veros
aquí, delante de mí en la plaza de San
Pedro, pienso en los Apóstoles y oigo la voz
de Jesús que os dice: "Ya no os llamo
siervos, sino amigos; permaneced en mi amor,
y daréis mucho fruto" (cf. Jn 15, 9. 16). Os
invito: escuchad esta voz. Cristo no lo dijo
sólo hace 2000 años; él vive y os lo dice a
vosotros ahora. Escuchad esta voz con gran
disponibilidad; tiene algo que deciros a
cada uno.
Tal vez a
alguno de vosotros le dice: "Quiero que me
sirvas de modo especial como sacerdote,
convirtiéndote así en mi testigo, siendo mi
amigo e introduciendo a otros en esta
amistad". Escuchad siempre con confianza la
voz de Jesús. La vocación de cada uno es
diversa, pero Cristo desea hacer amistad con
todos, como hizo con Simón, al que llamó
Pedro, con Andrés, Santiago, Juan y los
demás Apóstoles. Os ha dado su palabra y
sigue dándoosla, para que conozcáis la
verdad, para que sepáis cómo están
verdaderamente las cosas para el hombre y,
por tanto, para que sepáis cómo se debe
vivir, cómo se debe afrontar la vida para
que sea auténtica. Así, podréis ser sus
discípulos y apóstoles, cada uno a su modo.
Queridos
monaguillos, en realidad, vosotros ya sois
apóstoles de Jesús. Cuando participáis en la
liturgia realizando vuestro servicio del
altar, dais a todos un testimonio. Vuestra
actitud de recogimiento, vuestra devoción,
que brota del corazón y se expresa en los
gestos, en el canto, en las respuestas: si
lo hacéis como se debe, y no distraídamente,
de cualquier modo, entonces vuestro
testimonio llega a los hombres.
El vínculo de
amistad con Jesús tiene su fuente y su
cumbre en la Eucaristía. Vosotros estáis muy
cerca de Jesús Eucaristía, y este es el
mayor signo de su amistad para cada uno de
nosotros. No lo olvidéis; y por eso os pido:
no os acostumbréis a este don, para que no
se convierta en una especie de rutina,
sabiendo cómo funciona y haciéndolo
automáticamente; al contrario, descubrid
cada día de nuevo que sucede algo grande,
que el Dios vivo está en medio de nosotros y
que podéis estar cerca de él y ayudar para
que su misterio se celebre y llegue a las
personas.
Si no caéis en
la rutina y realizáis vuestro servicio con
plena conciencia, entonces seréis
verdaderamente sus apóstoles y daréis frutos
de bondad y de servicio en todos los ámbitos
de vuestra vida: en la familia, en la
escuela, en el tiempo libre. El amor que
recibís en la liturgia llevadlo a todas las
personas, especialmente a aquellas a quienes
os dais cuenta de que les falta el amor, que
no reciben bondad, que sufren y están solas.
Con la fuerza del Espíritu Santo, esforzaos
por llevar a Jesús precisamente a las
personas marginadas, a las que no son muy
amadas, a las que tienen problemas.
Precisamente a esas personas, con la fuerza
del Espíritu Santo, debéis llevar a Jesús.
Así, el Pan que veis partir sobre el altar
se compartirá y multiplicará aún más, y
vosotros, como los doce Apóstoles, ayudaréis
a Jesús a distribuirlo a la gente de hoy, en
las diversas situaciones de la vida. Así,
queridos monaguillos, mi última
recomendación a vosotros es: ¡sed siempre
amigos y apóstoles de Jesucristo!
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