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Me llamo
Ángel, soy de Villanueva de Alcardete, tengo
15 años y llevo en el Seminario tres años.
Mi vocación es
muy sencilla. El Señor se valió de mi
párroco, para que yo le siguiera.
Desde pequeño
me fijaba en él y me preguntó que si quería
ser monaguillo. Yo, deseoso de serlo, le
dije que sí, como se le dijo María al
arcángel san Gabriel.
Empecé de
monaguillo y mi párroco me llevaba al
Seminario a las convivencias de monaguillos.
Conocía a los seminaristas pero no sabía muy
bien que era el Seminario. El Señor, por
medio de la Santa Misa de cada día y las
exposiciones, quiso ponerme una semillita en
mi corazón.
Al
paso de los años, me preguntaba por qué el
Señor, me llama a mí y no a otro. Muy
sencillo, porque me quería en el seminario y
así fue. Yo se lo comenté a mi párroco y me
ayudó muchísimo en mi vida espiritual. Con
miedo se lo pregunté a mis padres y ellos me
ayudaron mucho desde el primer instante.
Un modelo muy
importante para mí y el que más, fue la
Santísima Virgen de la Piedad, patrona de mi
pueblo. Ella me enseñaba a su hijo muerto en
sus brazos y me decía: “Sigue a mi hijo”. Yo
como un niño que hace caso a su madre,
cumplí las palabras de María. Ella desde
siempre me ha ayudado a descubrir mi
vocación y me guía por el camino del
sacerdocio.
Ser
seminarista, es lo mejor que me ha pasado en
la vida.
En el
Seminario descubro al AMOR que no es amado
y él quiere servirse de mí para hacer
llegar ese amor a otras personas.
Padres y
madres de familia, no penséis que tener un
hijo sacerdote es una desgracia, al
contrario, es el mejor regalo que el Señor
le puede hacer a una familia.
No tengáis
miedo de presentar vuestros hijos al Señor.
Como sabéis, la mies es abundante y los
obreros pocos.
Niños, jóvenes
y adolescentes; abrid vuestro corazones a
Cristo. Él le tiene abierto por vosotros,
por ti y por mí. Penetra en el corazón de
Cristo y pídele que te haga suyo. Muchos son
los llamados y pocos los elegidos. El Señor
te quiere a ti. Pedid todos a la Virgen
María y a san José, patrono de las
vocaciones, para que sean los faros que
guíen a las vocaciones. Que no falten
corazones dispuestos a dar la vida por
Cristo y los demás, porque si no hay
sacerdotes no hay Eucaristía, y sin
Eucaristía no podemos vivir.
Que ella, la
Reina del Seminario y la Iglesia, sea la luz
que alumbre nuestros caminos.
Ángel Verdugo
Santiago, seminarista. |