“Sarmientos de
la vid”
La Iglesia
Sí, la Iglesia está viva; ésta es la
maravillosa experiencia de estos días.
Precisamente en los tristes días de la
enfermedad y la muerte del Papa, algo se ha
manifestado de modo maravilloso ante
nuestros ojos: que la Iglesia está viva. Y
la Iglesia es joven. Ella lleva en sí misma
el futuro del mundo y, por tanto, indica
también a cada uno de nosotros la vía hacia
el futuro. La Iglesia está viva y nosotros
lo vemos: experimentamos la alegría que el
Resucitado ha prometido a los suyos. La
Iglesia está viva; está viva porque Cristo
está vivo, porque él ha resucitado
verdaderamente. En el dolor que aparecía en
el rostro del Santo Padre en los días de
Pascua, hemos contemplado el misterio de la
pasión de Cristo y tocado al mismo tiempo
sus heridas. Pero en todos estos días
también hemos podido tocar, en un sentido
profundo, al Resucitado. Hemos podido
experimentar la alegría que él ha prometido,
después de un breve tiempo de oscuridad,
como fruto de su resurrección.
Benedicto XVI,
“Homilía 19 abril 2005,
Inicio de su ministerio”
El
itinerario pedagógico-espiritual de nuestro
Seminario nos lleva a lo largo de este curso
a profundizar sobre la Iglesia. La Iglesia
es la Esposa de Cristo, santa e inmaculada;
es la casa donde hemos recibido y seguimos
recibiendo los grandes dones divinos; en
ella hemos nacido a la vida divina; en ella
celebramos y vivimos los misterios de
nuestra salvación; en ella estamos unidos a
Jesucristo como los sarmientos a la vid para
que nuestra vida dé fruto abundante. El Papa
Benedicto XVI nos recordaba al inicio de su
pontificado que esta Iglesia, lejos de ser
anacrónica o estar a punto de desaparecer,
es siempre nueva y actual, está viva, porque
lleva en sí el futuro del mundo, y por tanto
nos indica a cada uno el camino de nuestro
futuro.
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Primer trimestre |
Segundo trimestre |
Tercer trimestre |
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Iglesia |
Jesucristo |
Misión |
"Sobre esta piedra edificaré mi
Iglesia"
(Mt 16, 18) |
"De
su costado brotó sangre y agua"
(Jn 19, 34) |
"Pastorea mis ovejas"
(Jn 21, 17) |
PRIMER
TRIMESTRE
"Sobre
esta piedra edificaré mi Iglesia"
(Mt 16, 18)
Amigos míos, una vez más: ¿qué quiere
decir construir sobre roca? Construir sobre
roca quiere decir también construir sobre
Pedro y con Pedro, pues a él el Señor le
dijo:”Tú eres Pedro, y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia, y las puertas del
infierno no prevalecerán contra ella" (Mt
16, 18). Si Cristo, la Roca, la piedra viva
y preciosa, llama a su Apóstol piedra,
significa que quiere que Pedro, y con él
toda la Iglesia, sean signo visible del
único Salvador y Señor.
Ciertamente aquí, en Cracovia, la ciudad
predilecta de mi predecesor Juan Pablo II, a
nadie sorprenden las palabras acerca de
construir con Pedro y sobre Pedro. Por eso
os digo: no tengáis miedo de construir
vuestra vida en la Iglesia y con la Iglesia.
Sentíos orgullosos del amor a Pedro y a la
Iglesia a él encomendada. No os dejéis
engañar por quienes quieren contraponer a
Cristo y a la Iglesia. Sólo hay una roca
sobre la cual vale la pena construir la
casa. Esta roca es Cristo. Sólo hay una
piedra sobre la cual vale la pena apoyarlo
todo. Esta piedra es aquel a quien Cristo
dijo:”Tú eres Pedro, y sobre esta piedra
edificaré mi Iglesia" (Mt 16, 18). Vosotros,
los jóvenes, habéis conocido bien al Pedro
de nuestro tiempo. Por eso, no olvidéis que
ni aquel Pedro que está observando nuestro
encuentro desde la ventana de Dios Padre, ni
este Pedro que ahora está delante de
vosotros, ni ningún Pedro sucesivo estará
nunca contra vosotros, ni contra la
construcción de una casa duradera sobre
roca. Al contrario, con su corazón y con sus
manos os ayudará a construir la vida sobre
Cristo y con Cristo.
Benedicto XVI,
“Encuentro con los jóvenes,
Cracovia 2006”
Este primer trimestre en el
que nos dedicamos a profundizar más
especialmente sobre la Iglesia, a la cual
pertenecemos y somos invitados a participar,
nos fijamos en el fundamento que el mismo
Cristo hace de la Iglesia sobre la roca,
sobre Pedro. Nosotros hemos de construir
nuestra vida y cuidar nuestra vocación en la
Iglesia, sabiendo que las dificultades que
aparezcan en el camino serán superadas
porque el mismo Señor ya nos lo ha
asegurado: “las puertas del infierno no
prevalecerán sobre ella”. Hemos de sentirnos
orgullosos de pertenecer a la Iglesia y de
que el Señor haya fijado especialmente su
mirada sobre cada uno de nosotros… y no nos
dejemos engañar por tantas “voces” que nos
hacen seguir a un Cristo ilusorio separado
de su Iglesia. En docilidad al Santo Padre
caminamos en nuestra Iglesia, que es la
Iglesia que Cristo fundó y a la cual está
inseparablemente unido.
SEGUNDO
TRIMESTRE
"De su
Costado brotó sangre y agua"
(Jn
19, 34)
La fuerza
del Espíritu Santo jamás cesa de llenar de
vida a la Iglesia. A través de la gracia de
los Sacramentos de la Iglesia, esta fuerza
fluye también en nuestro interior, como un
río subterráneo que nutre el espíritu y nos
atrae cada vez más cerca de la fuente de
nuestra verdadera vida, que es Cristo. San
Ignacio de Antioquía, que murió mártir en
Roma al comienzo del siglo segundo, nos ha
dejado una descripción espléndida de la
fuerza del Espíritu que habita en nosotros.
Él ha hablado del Espíritu como de una
fuente de agua viva que surge en su corazón
y susurra: «Ven, ven al Padre» (cf. A los
Romanos, 6,1-9).
Sin embargo, esta fuerza, la gracia del
Espíritu Santo, no es algo que podamos
merecer o conquistar; podemos sólo recibirla
como puro don. El amor de Dios puede
derramar su fuerza sólo cuando le permitimos
cambiarnos por dentro. Debemos permitirle
penetrar en la dura costra de nuestra
indiferencia, de nuestro cansancio
espiritual, de nuestro ciego conformismo con
el espíritu de nuestro tiempo. Sólo entonces
podemos permitirle encender nuestra
imaginación y modelar nuestros deseos más
profundos. Por esto es tan importante la
oración: la plegaria cotidiana, la privada
en la quietud de nuestros corazones y ante
el Santísimo Sacramento, y la oración
litúrgica en el corazón de la Iglesia.
Benedicto
XVI “Homilía JMJ,
Sydney’08”
Este
segundo trimestre, como siempre, lo
dedicamos más a profundizar en la persona de
Jesucristo. En este año dedicado a la
Iglesia, vemos cómo de su Costado abierto
manan la sangre y el agua. De este Costado
fluyen los sacramentos que nos renuevan y
nos devuelven la vida; sacramentos que
introducen en nuestros corazones un río de
gracias que nos unen más íntimamente a
nuestro Redentor. El Salvador se ha dejado
traspasar para que nosotros salgamos de
nuestras indiferencias y superemos todo
cansancio. Hemos de dejarle que nos renueve
interiormente para que podamos llegar a
cumplir los deseos más profundos que el
mismo Dios ha depositado en cada uno de
nosotros.
TERCER
TRIMESTRE
"Pastorea mis ovejas"
(Jn
21, 17)
También la
Iglesia tiene necesidad de renovación. Tiene
necesidad de vuestra fe, vuestro idealismo y
vuestra generosidad, para poder ser siempre
joven en el Espíritu (cf.
Lumen gentium, 4). En la segunda lectura
de hoy, el apóstol Pablo nos recuerda que
cada cristiano ha recibido un don que debe
ser usado para edificar el Cuerpo de Cristo.
La Iglesia tiene especialmente necesidad del
don de los jóvenes, de todos los jóvenes.
Tiene necesidad de crecer en la fuerza del
Espíritu que también ahora os infunde gozo a
vosotros, jóvenes, y os anima a servir al
Señor con alegría. Abrid vuestro corazón a
esta fuerza. Dirijo esta invitación de modo
especial a los que el Señor llama a la vida
sacerdotal y consagrada. No tengáis miedo de
decir vuestro «sí» a Jesús, de encontrar
vuestra alegría en hacer su voluntad,
entregándoos completamente para llegar a la
santidad y haciendo uso de vuestros talentos
al servicio de los otros.
Benedicto XVI “Homilía JMJ,
Sydney’08”
«Pastorea
mis ovejas». El Señor cuenta con cada
uno de nosotros para que trabajemos en su
Iglesia y la renovemos con la ilusión,
ideales, generosidad que siempre caracteriza
a los corazones jóvenes. El mundo anda como
ovejas sin pastor, y el Señor siente
compasión ante las multitudes desorientadas
y engañadas por los falsos maestros y
pastores. El Señor cuenta con nosotros para
pastorear y llevar a buenos pastos a las
ovejas que son de su propiedad y a otras
ovejas que no son del redil. El Señor se fía
de nosotros, a pesar de nuestras
limitaciones y pecados. No tengamos miedo de
decir nuestro “sí” a Jesús, para así
encontrar la alegría que sólo se halla
haciendo su voluntad y en la entrega total
de la vida. |