“En las
cosas de mi Padre” (Lc 2, 49)
El Padre
Vamos a penetrar más profundamente en la
única y excepcional relación del hijo
con el Padre, que encuentra su expresión
en los Evangelios, tanto en los
Sinópticos como en San Juan, y en todo
el Nuevo Testamento. En los Sinópticos (Mt
y Lc) se encuentra, sin embargo, la
frase que parece contener la clave de
esta cuestión: “Nadie conoce al Hijo
sino el Padre, y nadie conoce al Padre
sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se
lo quiera revelar” (Mt 11, 27 y Lc 10,
22). El Hijo, pues, revela al Padre como
Aquel que lo “conoce” y lo ha mandado
como Hijo para “hablar” a los hombres
por medio suyo (cf. Heb 1, 2) de forma
nueva y definitiva. Más aún:
precisamente este Hijo unigénito el
Padre “lo ha dado” a los hombres para la
salvación del mundo, con el fin de que
el hombre alcance la vida eterna en Él y
por medio de Él (cf. Jn 3, 16). Muchas
veces, pero especialmente durante la
última Cena, Jesús insiste en dar a
conocer a sus discípulos que está unido
al Padre con un vínculo de pertenencia
particular. “Todo lo mío es tuyo, y lo
tuyo es mío”, dice en la oración
sacerdotal, al despedirse de los
Apóstoles para ir a su pasión. Pide:
“Que todos sean uno, como tú, Padre,
estás en mi y yo en ti, para que también
ellos sean en nosotros y el mundo crea
que tú me has enviado. También en el
Cenáculo Jesús dice a los Apóstoles:
“Nadie viene al Padre sino por mí. Si me
habéis conocido, conoceréis también a mi
Padre. Cuando se hizo hombre, asumiendo
“la condición de siervo” y “haciéndose
obediente hasta la muerte” (cf. Flp 2,
7-8), al mismo tiempo se hizo para todos
los que lo escucharon “el camino”: el
camino al Padre, con el que es “la
verdad y la vida” (Jn 14, 6).
Beato Juan Pablo II, Audiencia General
(8-VII-1987)
En nuestro plan general de
formación en el Seminario, nuestra atención
se centra en este curso hacia Dios nuestro
Padre, que es a quien Jesucristo ha venido a
revelarnos. Jesús desde pequeño, como nos
relata el Evangelio, nos invita a centrar
nuestra atención y nuestra vida “en las
cosas del Padre”, que es el lema que hemos
tomado como tema central para el nuevo
curso. Son las primeras palabras que Lucas,
pone en boca de Jesús en su Evangelio y que
nosotros, sus discípulos, queremos cada día
pronunciar con nuestras obras. Sabemos que
el camino para llegar al Padre y conocerle,
es su Hijo Jesucristo, en la medida que más
conocemos a Jesús, más conoceremos al Padre.
El Seminario es la casa del Padre. Él
nos abre sus puertas para que conozcamos las
riquezas de su entrañable misericordia, que
nos muestra en su Hijo Jesucristo, enviado
por Él para nosotros. Cada una de las
actividades que en el Seminario se realizan,
el estudio, la Liturgia, la convivencia…
deben estar orientadas a formar el corazón
de verdaderos y auténticos apóstoles de
Jesús. En la JMJ de Madrid, el Santo Padre
Benedicto XVI, anunciaba la próxima
proclamación de San Juan de Ávila como
Doctor de la Iglesia, decía así: “Con
gran gozo, quiero anunciar ahora al pueblo
de Dios, que declararé próximamente a San
Juan de Ávila, presbítero, Doctor de la
Iglesia universal. Al hacer pública esta
noticia aquí, deseo que la palabra y el
ejemplo de este eximio Pastor ilumine a los
sacerdotes y a aquellos que se preparan con
ilusión para recibir un día la Sagrada
Ordenación”. Que su vida y escritos nos
orienten durante este curso y ayude a los
seminaristas a formarse bien tanto
intelectual como espiritualmente.
|
Primer trimestre |
Segundo trimestre |
Tercer trimestre |
|
Iglesia |
Jesucristo |
Misión |
"En la casa de mi Padre"
(Jn 14, 2)
|
"Nadie va al Padre
sino por mí"
(Jn 14, 6) |
"Como
el Padre me ha enviado,
así os envío yo"
(Jn 20, 21) |
PRIMER TRIMESTRE
"En la
casa de mi Padre"
(Jn 14, 2)
Queridos amigos, os preparáis para ser
apóstoles con Cristo y como Cristo, para
ser compañeros de viaje y servidores de
los hombres. ¿Cómo vivir estos años de
preparación? Ante todo, deben ser años
de silencio interior, de permanente
oración, de constante estudio y de
inserción paulatina en las acciones y
estructuras pastorales de la Iglesia.
Iglesia que es comunidad e institución,
familia y misión, creación de Cristo por
su Santo Espíritu y a la vez resultado
de quienes la conformamos con nuestra
santidad y con nuestros pecados. Así lo
ha querido Dios, que no tiene reparo en
hacer de pobres y pecadores sus amigos e
instrumentos para la redención del
género humano. La santidad de la Iglesia
es ante todo la santidad objetiva de la
misma persona de Cristo, de su evangelio
y de sus sacramentos, la santidad de
aquella fuerza de lo alto que la anima e
impulsa. Nosotros debemos ser santos
para no crear una contradicción entre el
signo que somos y la realidad que
queremos significar.
Benedicto XVI,
Homilía del Papa a los Seminaristas en
la Catedral de Madrid, 20-VIII-2011
Cuando estaba Jesús reunido con sus
Apóstoles en el Cenáculo, celebrando la
Última Cena, y antes de partir para el
Huerto de los Olivos, les dirige unas
palabras que conocemos como “palabras de
despedida”. Les habla de su pronta partida
al lugar de donde procedía, junto al Padre,
comparando este lugar con una
casa
donde hay muchas estancias y al que Jesús
nos quiere llevar. Esto es la Iglesia, donde
nos encontramos con el Padre, por medio de
su Hijo en la oración y en los Sacramentos.
El trato con Jesús nos hace madurar y nos
hace sentir interiormente el Seminario y la
Iglesia como nuestra, creando verdaderos
lazos de familia entre los que formamos
parte de ella. Porque somos el cuerpo
místico de la Iglesia, como dice San Pablo,
debemos sentirnos plenamente unidos al Señor
Jesús, que es la Cabeza, y que sin Él no
tendríamos ninguna esperanza de alcanzar la
promesa que nos hace: “donde estoy yo
estaréis también vosotros”. Es decir, en la
casa del Padre, donde hay cabida para todos
los que creen en Él y viven unidos a Él.
Para ello contamos con la ayuda de nuestra
Madre, la Virgen. Ella nos enseña a
contemplarlo con los ojos del corazón y a
vivir de Él.
SEGUNDO TRIMESTRE
"Nadie
va al Padre sino por mí"
(Jn 14, 6)
La Eucaristía, de cuya institución nos
habla el evangelio proclamado (cf. Lc
22,14-20), es la expresión real de esa
entrega incondicional de Jesús por
todos, también por los que le
traicionaban. Entrega de su cuerpo y
sangre para la vida de los hombres y
para el perdón de sus pecados. La
sangre, signo de la vida, nos fue dada
por Dios como alianza, a fin de que
podamos poner la fuerza de su vida, allí
donde reina la muerte a causa de nuestro
pecado, y así destruirlo. El cuerpo
desgarrado y la sangre vertida de
Cristo, es decir su libertad entregada,
se han convertido por los signos
eucarísticos en la nueva fuente de la
libertad redimida de los hombres. En Él
tenemos la promesa de una redención
definitiva y la esperanza cierta de los
bienes futuros. Por Cristo sabemos que
no somos caminantes hacia el abismo,
hacia el silencio de la nada o de la
muerte, sino viajeros hacia una tierra
de promisión, hacia Él que es nuestra
meta y también nuestro principio.
Configurarse con Cristo comporta,
queridos seminaristas, identificarse
cada vez más con Aquel que se ha hecho
por nosotros siervo, sacerdote y
víctima. Configurarse con Él es, en
realidad, la tarea en la que el
sacerdote ha de gastar toda su vida. Ya
sabemos que nos sobrepasa y no
lograremos cumplirla plenamente, pero,
como dice san Pablo, corremos hacia la
meta esperando alcanzarla (cf. Flp
3,12-14).
Benedicto XVI,
Homilía del Papa a los Seminaristas en
la Catedral de Madrid, 20-VIII-2011
Jesús nos enseña que quien
le ve a Él, ve al Padre. En la vida del
Seminario tratamos en intimidad con Él y
aprendemos a adorarlo. Este es el secreto de
la santidad, la amistad con Cristo y la
adhesión fiel a su voluntad. Al igual que
los apóstoles, nosotros podemos decir que
hemos visto al Señor, en la oración, en la
relación con los hermanos, en nuestro
trabajo. Para ser los testigos veraces y
auténticos que el mundo necesita, es
obligada esa vida de intimidad y sinceridad
que Jesús nos pide a cada uno. Tal y como
les dijo a los Apóstoles, para que su vida
fuera fecunda, “permaneced en mi amor”. Sólo
así podremos vivir esta intimidad con el
Señor, que nos lleva a configurarnos más
plenamente con Él. El Papa Benedicto XVI a
los jóvenes de todo el mundo en Cuatro
Vientos les decía: “Permanecer en su amor
significa entonces vivir arraigados en la
fe, porque la fe no es la simple aceptación
de unas verdades abstractas, sino una
relación íntima con Cristo que nos lleva a
abrir nuestro corazón a este misterio de
amor y a vivir como personas que se saben
amadas por Dios. Si permanecéis en el
amor de Cristo, arraigados en la fe,
encontraréis, aun en medio de contrariedades
y sufrimientos, la raíz del gozo y la
alegría. La fe no se opone a vuestros
ideales más altos, al contrario, los exalta
y perfecciona. Queridos jóvenes, no os
conforméis con menos que la Verdad y el
Amor, no os conforméis con menos que
Cristo”.
TERCER TRIMESTRE
"Como el
Padre me ha enviado, así os envío yo"
(Jn 20, 21)
La Eucaristía, de cuya institución nos
habla el evangelio proclamado (cf. Lc
22,14-20), es la expresión real de esa
entrega incondicional de Jesús por
todos, también por los que le
traicionaban. Entrega de su cuerpo y
sangre para la vida de los hombres y
para el perdón de sus pecados. La
sangre, signo de la vida, nos fue dada
por Dios como alianza, a fin de que
podamos poner la fuerza de su vida, allí
donde reina la muerte a causa de nuestro
pecado, y así destruirlo. El cuerpo
desgarrado y la sangre vertida de
Cristo, es decir su libertad entregada,
se han convertido por los signos
eucarísticos en la nueva fuente de la
libertad redimida de los hombres. En Él
tenemos la promesa de una redención
definitiva y la esperanza cierta de los
bienes futuros. Por Cristo sabemos que
no somos caminantes hacia el abismo,
hacia el silencio de la nada o de la
muerte, sino viajeros hacia una tierra
de promisión, hacia Él que es nuestra
meta y también nuestro principio.
Configurarse con Cristo comporta,
queridos seminaristas, identificarse
cada vez más con Aquel que se ha hecho
por nosotros siervo, sacerdote y
víctima. Configurarse con Él es, en
realidad, la tarea en la que el
sacerdote ha de gastar toda su vida. Ya
sabemos que nos sobrepasa y no
lograremos cumplirla plenamente, pero,
como dice san Pablo, corremos hacia la
meta esperando alcanzarla (cf. Flp
3,12-14).
Benedicto XVI,
Homilía del Papa a los Seminaristas en
la Catedral de Madrid, 20-VIII-2011
Jesús nos enseña que quien
le ve a Él, ve al Padre. En la vida del
Seminario tratamos en intimidad con Él y
aprendemos a adorarlo. Este es el secreto de
la santidad, la amistad con Cristo y la
adhesión fiel a su voluntad. Al igual que
los apóstoles, nosotros podemos decir que
hemos visto al Señor, en la oración, en la
relación con los hermanos, en nuestro
trabajo. Para ser los testigos veraces y
auténticos que el mundo necesita, es
obligada esa vida de intimidad y sinceridad
que Jesús nos pide a cada uno. Tal y como
les dijo a los Apóstoles, para que su vida
fuera fecunda, “permaneced en mi amor”. Sólo
así podremos vivir esta intimidad con el
Señor, que nos lleva a configurarnos más
plenamente con Él. El Papa Benedicto XVI a
los jóvenes de todo el mundo en Cuatro
Vientos les decía: “Permanecer en su amor
significa entonces vivir arraigados en la
fe, porque la fe no es la simple aceptación
de unas verdades abstractas, sino una
relación íntima con Cristo que nos lleva a
abrir nuestro corazón a este misterio de
amor y a vivir como personas que se saben
amadas por Dios. Si permanecéis en el
amor de Cristo, arraigados en la fe,
encontraréis, aun en medio de contrariedades
y sufrimientos, la raíz del gozo y la
alegría. La fe no se opone a vuestros
ideales más altos, al contrario, los exalta
y perfecciona. Queridos jóvenes, no os
conforméis con menos que la Verdad y el
Amor, no os conforméis con menos que
Cristo”. |