|
Queridos
rectores y formadores, queridos
seminaristas.
Me
alegra profundamente celebrar la Santa Misa
con todos vosotros, que aspiráis a ser
sacerdotes de Cristo para el servicio de la
Iglesia y de los hombres, y agradezco las
amables palabras de saludo con que me habéis
acogido. Esta Santa Iglesia Catedral de
Santa María La Real de la Almudena es hoy
como un inmenso cenáculo donde el Señor
celebra con deseo ardiente su Pascua con
quienes un día anheláis presidir en su
nombre los misterios de la salvación. Al
veros, compruebo de nuevo cómo Cristo
sigue llamando a jóvenes discípulos para
hacerlos apóstoles suyos, permaneciendo así
viva la misión de la Iglesia y la oferta del
evangelio al mundo. Como seminaristas,
estáis en camino hacia una meta santa: ser
prolongadores de la misión que Cristo
recibió del Padre. Llamados por Él,
habéis seguido su voz y atraídos por su
mirada amorosa avanzáis hacia el ministerio
sagrado. Poned vuestros ojos en Él, que
por su encarnación es el revelador supremo
de Dios al mundo y por su resurrección es el
cumplidor fiel de su promesa. Dadle gracias
por esta muestra de predilección que tiene
con cada uno de vosotros.
La primera
lectura que hemos escuchado nos muestra a
Cristo como el nuevo y definitivo sacerdote,
que hizo de su existencia una ofrenda total.
La antífona del salmo se le puede aplicar
perfectamente, cuando, al entrar en el
mundo, dirigiéndose a su Padre, dijo: "Aquí
estoy para hacer tu voluntad" (cf. Sal 39,
8-9). En todo buscaba agradarle: al hablar y
al actuar, recorriendo los caminos o
acogiendo a los pecadores. Su vivir fue
un servicio y su desvivirse una intercesión
perenne, poniéndose en nombre de todos ante
el Padre como Primogénito de muchos
hermanos. El autor de la carta a los
Hebreos afirma que con esa entrega
perfeccionó para siempre a los que estábamos
llamados a compartir su filiación (cf. Heb
10,14).
La
Eucaristía, de cuya institución nos habla el
evangelio proclamado (cf. Lc 22,14-20), es
la expresión real de esa entrega
incondicional de Jesús por todos,
también por los que le traicionaban. Entrega
de su cuerpo y sangre para la vida de los
hombres y para el perdón de sus pecados. La
sangre, signo de la vida, nos fue dada por
Dios como alianza, a fin de que podamos
poner la fuerza de su vida, allí donde reina
la muerte a causa de nuestro pecado, y así
destruirlo. El cuerpo desgarrado y la sangre
vertida de Cristo, es decir su libertad
entregada, se han convertido por los signos
eucarísticos en la nueva fuente de la
libertad redimida de los hombres. En Él
tenemos la promesa de una redención
definitiva y la esperanza cierta de los
bienes futuros. Por Cristo sabemos que no
somos caminantes hacia el abismo, hacia el
silencio de la nada o de la muerte, sino
viajeros hacia una tierra de promisión,
hacia Él que es nuestra meta y también
nuestro principio.
Queridos
amigos, os preparáis para ser apóstoles
con Cristo y como Cristo, para ser
compañeros de viaje y servidores de los
hombres. ¿Cómo vivir estos años de
preparación? Ante todo, deben ser años de
silencio interior, de permanente oración, de
constante estudio y de inserción paulatina
en las acciones y estructuras pastorales de
la Iglesia. Iglesia que es comunidad e
institución, familia y misión, creación de
Cristo por su Santo Espíritu y a la vez
resultado de quienes la conformamos con
nuestra santidad y con nuestros pecados. Así
lo ha querido Dios, que no tiene reparo en
hacer de pobres y pecadores sus amigos e
instrumentos para la redención del género
humano. La santidad de la Iglesia es ante
todo la santidad objetiva de la misma
persona de Cristo, de su evangelio y de sus
sacramentos, la santidad de aquella
fuerza de lo alto que la anima e impulsa.
Nosotros debemos ser santos para no crear
una contradicción entre el signo que somos y
la realidad que queremos significar.
Meditad
bien este misterio de la Iglesia, viviendo
los años de vuestra formación con profunda
alegría, en actitud de docilidad, de lucidez
y de radical fidelidad evangélica, así como
en amorosa relación con el tiempo y las
personas en medio de las que vivís.
Nadie elige el contexto ni a los
destinatarios de su misión. Cada época tiene
sus problemas, pero Dios da en cada tiempo
la gracia oportuna para asumirlos y
superarlos con amor y realismo. Por eso, en
cualquier circunstancia en la que se halle,
y por dura que esta sea, el sacerdote ha
de fructificar en toda clase de obras
buenas, guardando para ello siempre vivas en
su interior las palabras del día de su
Ordenación, aquellas con las que se le
exhortaba a configurar su vida con el
misterio de la cruz del Señor.
Configurarse con Cristo comporta, queridos
seminaristas, identificarse cada vez más con
Aquel que se ha hecho por nosotros siervo,
sacerdote y víctima. Configurarse con Él
es, en realidad, la tarea en la que el
sacerdote ha de gastar toda su vida. Ya
sabemos que nos sobrepasa y no lograremos
cumplirla plenamente, pero, como dice san
Pablo, corremos hacia la meta esperando
alcanzarla (cf. Flp 3,12-14).

Pero Cristo,
Sumo Sacerdote, es también el Buen
Pastor, que cuida de sus ovejas hasta dar la
vida por ellas (cf. Jn 10,11). Para
imitar también en esto al Señor, vuestro
corazón ha de ir madurando en el Seminario,
estando totalmente a disposición del Maestro.
Esta disponibilidad, que es don del
Espíritu Santo, es la que inspira la
decisión de vivir el celibato por el Reino
de los cielos, el desprendimiento de los
bienes de la tierra, la austeridad de vida y
la obediencia sincera y sin disimulo.
Pedidle, pues,
a Él, que os conceda imitarlo en su caridad
hasta el extremo para con todos, sin rehuir
a los alejados y pecadores, de forma que,
con vuestra ayuda, se conviertan y vuelvan
al buen camino. Pedidle que os enseñe a
estar muy cerca de los enfermos y de los
pobres, con sencillez y generosidad.
Afrontad este reto sin complejos ni
mediocridad, antes bien como una bella forma
de realizar la vida humana en gratuidad y en
servicio, siendo testigos de Dios hecho
hombre, mensajeros de la altísima dignidad
de la persona humana y, por consiguiente,
sus defensores incondicionales. Apoyados
en su amor, no os dejéis intimidar por un
entorno en el que se pretende excluir a Dios
y en el que el poder, el tener o el placer a
menudo son los principales criterios por los
que se rige la existencia. Puede que os
menosprecien, como se suele hacer con
quienes evocan metas más altas o
desenmascaran los ídolos ante los que hoy
muchos se postran. Será entonces cuando una
vida hondamente enraizada en Cristo se
muestre realmente como una novedad y atraiga
con fuerza a quienes de veras buscan a Dios,
la verdad y la justicia.
Alentados
por vuestros formadores, abrid vuestra alma
a la luz del Señor para ver si este camino,
que requiere valentía y autenticidad, es el
vuestro, avanzando hacia el sacerdocio
solamente si estáis firmemente persuadidos
de que Dios os llama a ser sus ministros y
plenamente decididos a ejercerlo obedeciendo
las disposiciones de la Iglesia.
Con esa
confianza, aprended de Aquel que se
definió a sí mismo como manso y humilde de
corazón, despojándoos para ello de todo
deseo mundano, de manera que no os
busquéis a vosotros mismos, sino que con
vuestro comportamiento edifiquéis a vuestros
hermanos, como hizo el santo patrono del
clero secular español, san Juan de Ávila.
Animados por su ejemplo, mirad, sobre
todo, a la Virgen María, Madre de los
sacerdotes. Ella sabrá forjar vuestra
alma según el modelo de Cristo, su divino
Hijo, y os enseñará siempre a custodiar los
bienes que Él adquirió en el Calvario para
la salvación del mundo. Amén.
Catedral de la
Almudena (Madrid),
20 agosto 2011
BENEDICTUS
PP. XVI |