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Me dirijo
ahora a vosotros, queridos seminaristas, os
animo a poneros en la escuela de Cristo para
adquirir las virtudes que os ayudarán a
vivir el sacerdocio ministerial como el
lugar de vuestra santificación. Sin la
lógica de la santidad, el ministerio no es
más que una simple función social. La
calidad de vuestra vida futura depende de la
calidad de vuestra relación personal con
Dios en Jesucristo, de vuestros sacrificios,
de la feliz integración de las exigencias de
vuestra formación actual. Ante los retos de
la existencia humana, el sacerdote de hoy
como el de mañana – si quiere ser testigo
creíble al servicio de la paz, la justicia y
la reconciliación – debe ser un hombre
humilde y equilibrado, prudente y magnánimo.
Después de 60 años de vida sacerdotal, os
puedo asegurar, queridos seminaristas, que
no lamentaréis haber acumulado durante
vuestra formación tesoros intelectuales,
espirituales y pastorales.
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